Lorenzo Cooley abrió los ojos al mundo en unas circunstancias muy poco habituales, con su madre en una habitación acorazada custodiada por varios guardaespaldas mientras su marido se encargaba de limpiar la casa de aquellos que habían entrado, en un intento de acabar con ellos.
Y mientras sus primeros llantos se fundían con los disparos efectuados a solo unos pasos, todos parecían estar seguros de que no podría haber existido bautizo mejor para el primogénito de Mauro Cooley.
Desde muy corta edad fue educado para que siguiera la estela de su padre. Recibiendo la formación más completa en lo que a armamento, defensa personal e idiomas se refería.
Con quince años ingresó en un internado militar, lugar en el que pasó siete años. Convirtiéndose en el soldado perfecto, y saliendo con dos nuevos amores en su corazón. El vuelo, y la medicina.
Sabía que tenía una vida poco habitual, sin embargo, consideraba que no era una mala vida. Era consciente de que se esperaba mucho de él debido a quién era su padre, y no le importaba, en el fondo el respeto hacia su progenitor era suficiente motivación como para querer que sus logros fueran en aumento.
Aunque había alguien a quién quería y anteponía siempre a Mauro. Su madrastra.
Nora Cooley, de soltera D’Angelis siempre fue la razón por la que Enzo no había perdido la humanidad que Mauro ya no tenía.
Era un rayo de luz en toda la oscuridad que rodeaba a aquella familia. Y siempre le había querido a pesar de o ser su madre biológica.
Le había criado para ser la mejor versión de sí mismo, y por ella era que regresaba siempre a casa aunque en ocasiones únicamente quisiera marcharse y no dar señales de vida durante unos meses. Y por la bondad que veía en ella era por lo que se había atrevido a abrir su corazón y formalizar su relación con la que durante un tiempo pensó que era el amor de su vida.
Giannina era la clase de mujer que parece llevar un cartel de peligro en la frente. Y, haciendo honor a su apellido, se lanzó frente a él sin detenerse hasta que la tuvo.